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Tenemos que hablar de Blonde Redhead en el Teatro Diana.

El 22 de agosto de 2008 vimos por primera vez a Blonde Redhead en el Teatro Estudio Cavaret. Asistimos aproximadamente dos mil personas. Fue un concierto íntimo y emocional, pero muy animado. Desde la primera canción hasta la última, los asistentes bailamos y cantamos, nos movimos de un lado al otro para admirar los pasos de Kazu Makino y corear las canciones en las que Amedeo Pace asume el rol de vocalista.

Ese concierto soportaba al disco 23 de 2007. Ya entonces la banda empezaba a descender un poco de los trabajos experimentales de sus inicios. No he dicho que alguna etapa sea mejor o peor, simplemente son diferentes.

Cuando supimos que vendrían a promocionar Barragán, fue una mezcla de emoción y desilusión casi inmediata. Viene Blonde Redhead. Al Teatro Diana. A tal extremo que casi nos decidimos por no ir. Y es que el problema con el Teatro Diana es su formalidad. Es su inmensidad y el hecho de sujetarte en tu lugar por la duración del concierto. Excelente si quieres ver una obra de teatro, un recital de piano, o la transmisión en vivo desde el MET de Nueva York de Carmen. ¿Pero a Blonde Redhead?

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Como ya lo hemos dicho antes, cuando uno va a un concierto a escuchar en vivo las canciones que te han acompañado en momentos importantes, o tan sólo en momentos rutinarios en la oficina, lo que buscas es conectarte con el artista. Cantar tus partes favoritas y brincar emocionado al ver a la banda recibir conmovidos las muestras de cariño de quienes añoramos verlos en vivo.

Estar sentado en una silla atenidos a que el de adelante o el de atrás no tenga la misma idea de pararse al mismo tiempo que uno, te desconecta de la experiencia. Tener que pedir permiso a la persona de al lado para querer ir al baño, como en el cine, te desconecta a ti, y a dicha persona que tiene que interrumpir el trance para dejarte pasar. O lo peor, como nos pasó en el concierto de Yeah Yeah Yeahs. Unas personas que decidieron escapar del yugo de su silla decidieron ponerse justo enfrente de nosotros. Ahí en el pasillo.

En fin. Hablando de Blonde Redhead, el show impecable; Kazu igual de hermosa y volátil. Amedeo nos volvió a deleitar con Falling Man y Spring and by Summer Fall. La voz de Kazu no tiene igual, pero cuando Amedeo canta, es como si te sentaras con un amigo a escuchar sus más íntimos problemas. Después de todo, es un hombre que sigue aprendiendo a cómo caer. Total que al tocar In Particular al fin, como en efecto dominó, todos nos animamos a pararnos, a tres cuartos del concierto. ¿Ven mi punto?.

Tal como en 2008, al final del concierto terminé enamorada de Blonde Redhead, pero como en aquélla ocasión, también me quedé esperando que tocaran Elephant Woman. Tal vez en su siguiente visita, esperando que los promotores los traigan al Cavaret.

La foto es de 2008, donde estuvimos mucho más cerca que en el Diana.

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Phantogram

Estar en “provincia” tiene sus ventajas. No hay (tanto) tráfico, no hay (tantas) manifestaciones, las distancias son humanamente comprensibles, la gente es menos gandalla, entre otras creencias.

Pero entre las grandes desventajas, se encuentra no figurar como ciudad a visitar para algunos actos en vivo. Los artistas que se aventuran a viajar a México, a pesar de nuestra dudosa fama a nivel mundial, ponen al D.F. como su destino seguro para marcar la palomita y tal vez, si hay algún promotor temerario, visitarán Monterrey o Guadalajara. Fue el caso de Phantogram. Banda neoyorkina que se presentará este fin de semana en el festival Nrmal junto con Future Islands, Peaking Lights, Porter y muchas más. Uno como clasemediero tiene que elegir sus batallas y este año nos quedamos en casa, esperando como el cardúmen que se le pega al gran pez para ver si le caen algunas sobras.
Así fue como Phantogram abrió una fecha en Teatro Estudo Cavaret. Poco a poco fueron llenando el local jovencitas (nótese la brecha generacional) portando las minifaldas recién sacadas del closet, desempolvados shorts vestían a piernas liberadas que se paseaban por el lugar, imitando a Sarah Barthel, la hermosísima mitad de Phantogram. Tal vez me vi influenciada por la vocalista al notar a tantas chicas con flequillos, emocionadas por escuchar a una banda que pocos creíamos que llegara a Guadalajara con tan poca audiencia. Sorpresa que compartía Sarah, la vocalista/tecladista, al confesar que no sabían qué esperar, y agradecían a los más de dos mil asistentes nuestra efusión.
Fue un buen concierto para abrir la temporada. Con toques electrónicos pop que dejan ver su influencia a grupos británicos como Portishead (acusados por Geoff Barrow hace meses) pero eso sí, con un toque más energético y upbeat.
Es un buen concierto cuando hay buena comunicación con la audiencia. Sarah nos saludó y tuvo un par de intervenciones, así como la otra mitad, Josh Carter (reporte banal: está chido, pero está más chida ella).
Es un mejor concierto cuando la audiencia responde y se entrega. Cierto, siempre va a haber el molesto grupo de personas que creen que pagaron 600 pesos para platicar en UN CONCIERTO. En dado caso lo mejor es lanzar tu mejor mirada condenatoria, otra opción es empujarlos hasta que se muevan hasta al fondo del local, y la peor opción es confrontarlos con toda la autoridad que ser un verdadero fan, te otorga)
Es un excelente concierto cuando esperan al final para tocar la canción por la cual se dieron a conocer, justo cuando las emociones que llevabas cargando toda la semana están a punto de desbordar. Justo cuando los vasos de cerveza empiezan a volar y todos brincan gritando al unísono, cantando la canción (I WISH I COULD BELIEVE/ I WISH I COULD BELIEVE!!!) pero en realidad pensando (¡¡¡ESTO ES DE LO QUE TE VENGO HABLANDO TODA LA SEMANA!!!)